Por Beatriz Escobar: Estudiante Salvadoreña del Doctorado en Economía, Universidad Nacional de Atenas.
“Los engranajes no se mueven sin nosotros. ¡Obrero, los trabajadores podemos sin los patrones!” Esta es la consigna que mantienen, desde el 31 de octubre de 2011, alrededor de 300 trabajadores del acero en una fábrica de Asprópirgos, en las afueras de Atenas. Están en huelga desde entonces, en una huelga poco conocida por el mundo –y un poco más conocida por Grecia-, porque no ha recibido, de los medios al servicio del status quo, la atención debida, por ser un hecho que incomoda, un hecho que es mejor no contar, un hecho que incluso vale la pena tergiversar para seguir controlando la des-información, la “correcta” y conveniente opinión pública.

Aún así, ha sido catalogada por muchos como una huelga heroica. “Nosotros no somos héroes, no nacimos héroes”, es la respuesta de los trabajadores en huelga, para quienes sus acciones son en realidad una necesidad. Resistir es un imperativo, porque no resistir es suicidarse, no resistir es ceder a las demandas del capital que amenaza sus ya precarias condiciones de vida. Es, es cierto, una huelga necesaria, pero por la forma en que está siendo librada, por su existencia misma, por el efecto multiplicador y de concientización que está alcanzando en la población, fuera y dentro de Grecia, por continuar pese a las amenazas, las intimidaciones, las invitaciones de rendición, es también una huelga heroica.

Obreros votando por la Huelga en Asprópirgos
El Sr. Mánesis, propietario de la “Compañía de Acero de Grecia”, había anunciado que a partir del 1º de noviembre de 2011, nuevas medidas serían tomadas, medidas “necesarias”, medidas que irremediablemente afectarían las condiciones laborales de los obreros. El argumento: la crisis económica, crisis que le había significado pérdidas en los pasados dos años. Debían, entonces, todos, “hacer un sacrificio” por la empresa, con el fin de evitar su cierre, debían “compartir” las pérdidas.[1] Tal sacrificio consistía en una reducción de la jornada laboral de 8 a 5 horas diarias, con la consiguiente reducción salarial de 900 euros, en promedio, a 500 euros al mes,[2] y la también consiguiente flexibilización en la cobertura de la seguridad social. Era eso o aceptar que se despidieran a 180 personas. Los trabajadores se decidieron por la tercera opción: irse a la huelga, indefinidamente.
Estas medidas, contra las que luchan los trabajadores del acero, son parte del proceso de flexibilización laboral (rotaciones laborales, eliminación de los contratos colectivos, reducciones salariales, etc.) que se está llevando a cabo desde el gobierno “temporal” tripartito para el enfrentamiento de la crisis,[3] proceso que, a su vez, es parte de las múltiples reformas neoliberales implementadas en los últimos meses a una velocidad vertiginosa, con el objetivo aparente de “salvar al país de la crisis”, y con el objetivo real de “salvar al capital de la crisis”.
“Pagamos sus beneficios, no vamos a pagar también la crisis. La crisis la han creado ellos mismos, y no los trabajadores”, [4] dice Georgos Sifoniós, presidente del sindicato de la fábrica de acero. Pero a pesar de que sus palabras están colmadas de verdad, lo cierto es que las consecuencias de ambas, crisis capitalista y medidas en pro de la valorización del capital, han caído brutalmente, lo que no podía ser de otra manera, sobre la clase trabajadora: despidos, intensificación de trabajo, cierre de empresas, etc. Los/as que no han sido despedidos/as, sufren por varios meses el atraso de sus salarios, situación que consideran mejor, por mucho, a la posibilidad de perder sus empleos. Son ellos/as, así les han dicho y hecho creer, los/as que con su (adicional) trabajo gratuito y al crédito (sin intereses), deben procurar que la empresa no se vea forzada a cerrar. Pero, el salario del/a obrero/a, es un salario de subsistencia, con él ni acumula ni atesora, con él debe hacer frente a las obligaciones que programa y que se le presentan puntualmente cada mes: alimentación, vestido, vivienda, electricidad, agua potable, etc. El impago del salario en la fecha convenida (impago que además, por lo general, no es notificado con anticipación), le implica al/la trabajador/a no sólo verse obligado/a a disminuir su consumo familiar lo más posible, lo que le acarrea problemas de insuficiente cobertura de sus necesidades y, por ende, de reducción en su calidad de vida y en su capacidad de trabajo; sino además, hacer uso de los pocos ahorros de los que pueda disponer, si tiene la suerte de ahorrar, y/o endeudarse, que es lo que pasa en la mayoría de los casos. Endeudarse significa que, de cobrar su salario en algún momento, el dinero está destinado casi de forma exclusiva al pago de las deudas, cosa que aumenta su vulnerable situación, sobre todo a futuro.
Por si fuera poco, los trabajadores del acero se ven también obligados a realizar sus actividades en condiciones laborales altamente riesgosas. En sus palabras, el infierno les parece un paraíso. Trabajan con temperaturas de 1,700 grados centígrados, con emisiones de gases que destruyen los pulmones, con materiales radioactivos, etc., condiciones que se han traducido en un buen número de víctimas, y que no se reflejan de forma adecuada en sus retribuciones salariales. Contra esto también protestan.

Sectores sindicales y populares se han movilizado en rechazo a cargar a los trabajadores la crisis.
La fábrica de acero en Asprópirgos no es la única en manos del Sr. Mánesis. Existe otra, en Volos, en la zona centro-oriental del país. En ésta, sin embargo, los trabajadores cedieron de forma inmediata a las demandas de la compañía. En la asamblea general de la unión sindical de Volos, sólo 55 de los 220 participantes se pronunciaron en contra de aceptar las medidas, pero al final, fueron obligados a firmar como los demás, forzados a doblegarse. No hay huelga en Volos, sólo la aceptación de trabajar lo que los obreros en Asprópirgos no trabajan, retrasando así la reducción de su jornada y de sus salarios, y prestándose, a su vez, al juego de ser un mecanismo para “romper la huelga”, para dividir a la clase trabajadora y minar su conciencia. Ocho veces, los trabajadores de la fábrica de Volos, han recibido la visita de sus colegas de Asprópirgos, ocho veces han conversado con ellos y rechazado, por miedo, el llamado a unirse a la huelga, cosa que, de conseguirse, les acercaría más a los objetivos inmediatos que a ésta dio origen: la readmisión de las personas que han sido despedidas hasta el momento (que alcanzan las 65 a mediados de enero), una jornada laboral de 8 horas, sin rotaciones y en condiciones adecuadas de seguridad, y la eliminación de cualquier intento por reducir los salarios. Demandan el cumplimiento de sus contratos.
Parecería contradictorio, frente al capital, y más aún, en aras de su derrocamiento, el apoyo y expansión de la lucha obrera por la mejora de las condiciones laborales y de vida, la lucha por los derechos laborales. “Pero detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital, y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción, su sumisión a la clase obrera asociada, y por consiguiente la abolición tanto del trabajo asalariado como del capital y de sus relaciones mutuas.” (Marx 2000, p. 9. Cursivas del autor) He aquí su necesidad e importancia, la necesidad de la unión real de la clase obrera, del cierre de filas, de la conformación de un bloque férreo e irreverente que haga frente al capital en crisis que, por vulnerable, es aún más violento. Es por eso también, como se ha repetido muchas veces, que la lucha de los trabajadores del acero no es sólo una lucha por sus derechos laborales, sino una lucha de toda la clase obrera contra la burguesía apoyada por el estado. Y es que de aplicarse estas medidas en esta empresa, podrían ser aplicadas, con facilidad, en todas las demás; de tener éxito el capital en esta fábrica, que se ha convertido en símbolo de la resistencia obrera, representaría una derrota significativa para la clase trabajadora en su conjunto. La participación en esta pugna es, pues, de vital importancia para el triunfo. “Organicen asambleas en sus lugares de trabajo, y decidan irse a la huelga”, es la invitación.
La huelga de los trabajadores del acero ha recibido múltiples muestras de solidaridad de obreros y estudiantes, tanto en Grecia como fuera de Grecia. Suecia, Bélgica, Holanda, Vietnam, Francia, Chipre, India, han enviado delegaciones al campamento ubicado en las afueras de la fábrica, donde los trabajadores están organizados. La huelga ha recibido también la visita de escuelas a cargo de profesores que creen que la experiencia es una buena lección para los niños y niñas. Ha desplegado redes de ayuda de distinto tipo, movilizaciones y mensajes de apoyo, recolección de firmas, donación de alimentos y de dinero para contribuir en la resistencia de los trabajadores, para ayudar a que continúe esta huelga que muchos consideran como propia. Pero, aunque importante, sobre todo por el ánimo y el coraje que les transmite, y más aún, por el compromiso que les implica[5], es, todavía, un apoyo insuficiente: “Es necesario organizarse en todos los sitios de trabajo, crear fuertes sindicatos sectoriales, con el apoyo de todos los lugares de trabajo, sindicatos industriales, comités sindicales. Se necesita un cambio en la correlación de fuerzas en todos los sitios” para poder tomar “la riqueza que nos pertenece. Para mostrar nuestra fuerza, somos nosotros los productores de la riqueza”.[6]
La organización y consolidación de la clase obrera es una tarea impostergable, una tarea que exige un enorme trabajo, el reconocimiento y la resolución de muchos conflictos que hoy (aún) existen, conflictos de género, raciales, de desiguales condiciones materiales de vida, etc., exige la superación del miedo, la comprensión detallada y meticulosa de la organización económica en la que estamos inmersos, de su lógica, de sus mecanismos. Es una tarea, además, que se presenta como riesgosa, pero contra el capital, no existen demasiadas opciones. Es, al igual que la huelga de los trabajadores del acero, una tarea necesaria que tiene como respuesta la misma que dan éstos cuando se les pregunta: “¿Hasta cuándo continuarán con la huelga? -¡Hasta la victoria!”[7].
-Atenas, 23 de enero de 2012-
[1] Aunque, por supuesto, los trabajadores nunca han sido llamados a compartir las ganancias en ninguna empresa capitalista. Se comparten, como se sabe, y muy a menudo, únicamente las pérdidas, pérdidas que además comparten principalmente los trabajadores.
[3] Conformado por PASOK, Nueva Democracia y el Sr. Karatzaferis del partido de ultra-derecha, Concentración Popular Ortodoxa, LA.O.S, la cuarta fuerza política del país. La tercera fuerza política la constituye el Partido Comunista Griego (KKE), no invitado a formar parte de este “gobierno de crisis”; invitación que, de haber sido hecha, tampoco habría sido aceptada.
[4] Entrevista a Georgos Sifoniós, periódico Prin, 15 de Enero de 2012.
[5] Uno de los participantes de la huelga, afirma que por todo el apoyo y el ánimo que reciben, por la esperanza que despiertan y el ejemplo que inspiran, “está en contra de la ética dejar de luchar” (Kallergis, K., Vákrinos, Y., y Theofilaktou, A. (2012), Días de huelga, documental independiente de corta duración, Atenas).
[7] Entrevista a Georgos Sifoniós, op. cit.